
José Álvarez / Ars Operandi
El magisterio que Daniel Vázquez Díaz (1882 – 1969) ejerció sobre las generaciones posteriores de artistas es hoy unánimemente reconocido a tenor de algunos de los nombres que recibieron las enseñanzas directas del maestro de Nerva: Luis Caruncho, José Caballero, Rodríguez Acosta, Pablo Zelaya, Juan A. Morales, Cristino de Vera, Rafael Canogar, López Obrero, Díaz Caneja, Javier Clavo o Fernando Ribes, de entre otros, sin incluir a sus alumnos de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. De entre ellos, discípulo predilecto y amigo personal a lo largo de su vida fue el pintor cordobés Rafael Botí, quien atesoró gran número de cuadros y dibujos de su maestro, de los que parte de ellos se muestran en la exposición de la sala Mateo Inurria, procedentes de la colección de Rafael Botí Torres, hijo del pintor.
La muestra, de la que ya pudimos ver una primera exhibición en el Palacio de la Merced en 2008, se compone de más de una treintena de dibujos y una puntaseca en los que se comprueba «una maestría en la que difícilmente podría superarle nadie», en palabras de Lafuente Ferrari. Paisajes y retratos, géneros predilectos de Vázquez Díaz, y por los que consagró su influencia posterior, son los temas mayoritarios en la exposición.
Vázquez Díaz, que inició su formación artística en Sevilla bajo la influencia del entonces exitoso Zuloaga —una influencia que seguirá latente en el onubense a lo largo de los años aflorando en la forma del pintoresquismo taurino y costumbrista presente en su obra— encontró en Madrid la oportunidad de relacionarse con el mundo artístico y literario, trabando amistad con Ricardo y Pio Baroja y el grupo de la revista Helios que dirigía Juan Ramón Jiménez, con Ramón Pérez de Ayala, Gregorio Martínez Sierra, Rafael Cansinos-Assens, Antonio y Manuel Machado y otros, de los que dejará impronta en la serie de dibujos Hombres de mi tiempo, que, compilada a lo largo de los años junto a otras semblanzas, se publicó por el Instituto de Cultura Hispánica ya en 1957.

Fuera del ámbito académico, al que no pertenecía, pues no ingresó en la Academia de Bellas Artes, las posibilidades de reconocimiento eran escasas, por lo que Vázquez Díaz, tras una estancia en Fuenterrabía puso rumbo a París, ciudad a la que llega en 1906, año en que muere Paul Cézanne, y poco después del surgimiento fauve de 1905. Allí toma contacto con los artistas establecidos en París, como Zuloaga, Anglada Camarasa y Echevarría, además de Joaquim Sunyer y Juan Gris, con quienes forjará amistad. Conoce asimismo a Picasso, a quien retrata, y al heterodoxo grupo que frecuentaba el Bateau Lavoir: Braque, Max Jacob, Modigliani y otros. De las corrientes vanguardistas del momento Vázquez Díaz tomó la sensibilidad en el color de Bonnard, más atemperada que la de sus salvajes compañeros Matisse, Dufy o Derain, y el análisis riguroso de la forma procedente de Cézanne, al que había descubierto en la retrospectiva dedicada al pintor en el Salón de Otoño de 1907, muestra en la que Vázquez Díaz participó con tres obras, que aumentaron a siete al siguiente año en el Salón de los Independientes. En 1909 repitió en ambas exposiciones, pero fue rechazado en el Salón Oficial de Artistas Franceses. Comienza entonces a alternar con la ilustración, realizando dibujos para revistas como Je sais tout, Tout Paris, Gustos y gestos o L’Espagne, práctica que combina con la pintura de caballete, y durante 1910 realiza una importante exposición en la Galerie Chevalier, con cerca de un centenar de obras entre óleos, acuarelas y dibujos, técnica esta por la que sobresale en el panorama artístico parisino, repitiendo en el Salón de los Independientes. Participa en la exposición L’Espagne Pittoresque, que organiza la revista La Vie Mondaine, y es admitido en el Salón Oficial de Artistas Franceses. Es el momento de mayor triunfo de Vázquez Díaz en París, aunque la crítica francesa no le secunda el éxito. Cuando Rubén Darío le contrata para la revista Mundial, que dirige, entablará relación con los más importantes nombres de la cultura francesa e hispanoamericana, y seguidamente colaborará como dibujante en Márgenes y L’Opinion. Se instala así en los círculos artísticos parisinos, hasta que estalla la Gran Guerra, y a finales de 1914 viaja a diversas ciudades como Reims, Verdún o Arras para dibujar escenas del frente, que luego pasarán a aguafuertes en la serie titulada Las ciudades mártires.

Vázquez Díaz no se queda al margen de conflicto, sino que plenamente situado en la defensa de la causa aliadófila, realiza un amplio número de grabados donde el compromiso está presente. Tanto los aguafuertes como las litografías muestran la crudeza de la guerra y la devastación que causa con toda sinceridad y dramatismo. De estas series, estampas como Les mères serbes vers l’exile (Madres serbias), El héroe o Las tres ciudades, muestran dentro de su tragedia un notable ejercicio de composición y claroscuro en el dibujo. Su reconocimiento oficial en el país vecino se tradujo en la compra de tres obras por parte del Estado francés: Les Vagues en 1913, Les deux espagnoles en 1917 y L’Idole Gitane, mayoritariamente del género pintoresquista.
En aquel panorama de posguerra Vázquez Díaz decide volver a España en 1918, cuando comienza su labor docente primero en su taller, con un reducido grupo de alumnos, y posteriormente en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en la que accede por oposición a la cátedra de Pintura Mural. A partir de entonces es cuando Vázquez Díaz comienza a difundir entre sus alumnos las nuevas formas por donde transitará su arte y que sus discípulos adaptarán a su propio lenguaje. En una época de retorno al orden, en la que incluso los más vanguardistas como Picasso han virado al clasicismo, Vázquez Díaz, junto con otros artistas, como su amigo Junyer, se sitúan en el juste milieu, es decir, un término medio entre la vanguardia y la tradición, pero con un compromiso real con la modernidad. Aunque en un primer momento, para la crítica española la acepción de los postulados modernos era merecedora de rechazo, la conjunción de vanguardia y clasicismo que había logrado Vázquez Díaz fue imponiéndose en el panorama nacional.

Uno de los hitos en su consagracíón como pintor fue la realización de los frescos del monasterio de La Rábida. En esta obra se puede ver cómo Vázquez Díaz adaptó las líneas principales del precubismo cezaniano en cuanto a la geometrización de las formas, y del cubismo analítico la facetación de los planos. El propio artista reconocía que «el cubismo es el esqueleto de la pintura moderna». En cuanto al color, la paleta de los cubistas, de grises y ocres, alterna con la luminosa y vibrante gama cromática fauvista. Esta técnica de análisis tanto de la forma como del color es visible en los diversos dibujos que componen la exposición. El trazo de Vázquez Díaz se centra en lo esencial, dejando en los retratos, a más de la impronta psicológica del retratado, una rotunda presencialidad. Dejadas de lado las pretensiones naturalistas del paisaje, Vázquez Díaz no tiene reparos en apuntar del natural y señalar los colores en el dibujo que luego han de aparecer en el lienzo con toda subjetividad. Así, en el tronco de un árbol, magistralmente esquematizado, o en un paisaje rural, aparecen diversos planos sobre los que se han escrito los nombres de los colores, más bien gamas o indicaciones: verdoso, malva, sombra, sol-barro-rosa, hueso-sombra, y demás, una técnica que adoptará igualmente Rafael Botí a lo largo de su carrera. La colección es en este sentido doblemente interesante, pues a más de contemplar la serie de retratos terminados que Vázquez Díaz publicó a los largo de los años, nos permite descubrir el proceso de análisis y resolución que desarrollaba el artista onubense.
Vázquez Díaz, dibujos. Colección Rafael Botí Torres
Sala Mateo Inurria, EASD Córdoba
Hasta el 5 de noviembre








