¡Olé! Empacho de grana y oro

Julio Romero de Torres. Cante hondo, c. 1922-1924. Óleo y temple sobre lienzo, 168 x 141 cm. Museo Julio Romero de Torres, Córdoba. Foto cortesía Museo Thyssen Málaga

Reyi Pérez Castillo / Ars Operandi

Hace pocos meses descubrí en el libro de Alfonso Simón, Los anónimos (2026), la sorprendente historia de Isabella Frances Romer. En 1842, esta adinerada viajera británica se embarcó en una ruta por Granada y Málaga buscando las emociones fuertes y novelescas de un asalto de bandoleros. Sin embargo, en una curva del camino, la fantasía se truncó: siete hombres altos con el trabuco al hombro la saludaron educadamente con un respetuoso vayan ustedes con Dios. «¡Oh, amarga decepción —culminaba Mrs. Romer— para dos jóvenes entusiastas que con mucho gusto habrían pagado una aventura al precio de sus equipajes!».

Al parecer, aquella máxima periodística de «no dejes que la realidad estropee una buena historia» funcionó a pleno rendimiento en el siglo XIX. Aunque la figura del bandolero apenas tiene presencia en ¡Olé! El mito de lo español a través de Andalucía, nos sirve para ilustrar la falsa construcción romántica que muchos viajeros ingleses, franceses y alemanes, entre otros, elaboraron sobre nuestra tierra y, por extensión, sobre España. La exposición pretende subvertir el mito, idea que, si bien no es especialmente original, sí descubre unos pocos diálogos de interés.

Pilar Albarracín. Sin título (Torera), 2009. Fotografía a color, 200 x 125 cm. Colección particular. © Pilar Albarracín, VEGAP, Málaga, 2026

​La muestra parece articulada en capítulos que, de alguna manera, son los principales clichés constituyentes de dicha imagen ensoñada: el mundo del toreo, la mujer de raza andaluza, los gitanos, el flamenco y los bandoleros. Los primeros compases de la exposición prometen: varios aguafuertes de Goya y otro de Ismael Smith dedicados a la Tauromaquia en los que el torero no es más que un pelele ante la fuerza del animal. Atravesado de Smith (1919) impacta al convertir al diestro en un amasijo de carne ensartada en el cuerno del toro. Frente a estos, el imponente retrato de Pilar Albarracín vestida con traje de luces y olla exprés en ristre (2009). Y digo que el inicio promete porque, de entrada, la exposición nos ofrece dos discursos poco complacientes respecto al tema: la pequeñez del hombre ante la fuerza del toro (el sublime romántico) y el irónico retrato de una ama de casa que cada día lidia con las exigencias del hogar (la lucha feminista de nuestro tiempo). Le siguen dos aguatintas de Picasso que, si bien no continúan con esa mirada crítica, sí resultan tremendamente bellas en un lenguaje medio abstracto, medio figurativo. A partir de aquí, la exposición pierde fuerza. Las escenas relativas al mundo de la tauromaquia siguen, siguen y siguen… De hecho, salpican la exposición inopinadamente. Algunas de ellas son piezas de gran fuerza que el visitante agradece encontrar, como ocurre con el rostro chulesco y simpático de los Torerillos del pueblo de Zuloaga (1906) o los interesantes estudios de luz y color de Mariano Fortuny y Sorolla, pero resultan reiterativas las estampas populares de nombres como David Roberts o Joaquín Agrasot.

Mercedes y su pintor, 1922, de Antonio Ruiz Echagüe. Óleo sobre lienzo, 180 x 200 cm. Donación de Elisabeth Smidt, viuda del artista, 1976. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid. Foto cortesía Museo Thyssen Málaga

​Me aproximo, poco a poco, a lo que parece ser el segundo capítulo de la exposición, dedicado a la mujer de raza andaluza, y vislumbro tres imponentes pinturas: Mercedes y su pintor de Ortiz Echagüe (1922); Cante hondo de Julio Romero de Torres (1922-1924) y Desnudo con mantilla de José María Rodríguez-Acosta (1933). La mirada desafiante de sus protagonistas, su fuerza y el desparpajo que emanan bien merecen la visita y, sin embargo, no podemos obviar una lectura más crítica que, por supuesto, tiene que ver con el constructo romántico, en este caso, de la mujer andaluza: su cuerpo desnudo y su supuesto carácter arrebatado y saleroso (¡cuánto daño hizo la Carmen de Mérimée!) es un reclamo erótico que, sin embargo, mantiene complementos asociados a la castidad, la religión y el decoro formal (la mantilla, por ejemplo), resultando todo en un acto de fetichización que estimula el placer visual del espectador —el del local y el del extranjero—.

​Detrás de toda esta escenografía cañí, no dejan de resonar las palabras del catedrático Isidoro Moreno cuando explica que el verdadero drama no era que los viajeros ingleses y franceses del XIX hubieran proyectado a Andalucía como «un espacio exótico, ahistórico, poblado por bandoleros, gitanos y mujeres fatales». El verdadero drama era que los propios andaluces habían interiorizado esa mirada deformante y la habían hecho suya. Las escenas de gitanos bailando y jaleando en las obras de José María López Mezquita (El velatorio, 1910), José García Ramos (Baile por bulerías, 1884) e incluso la fotografía de José Ortiz Echagüe así lo atestiguan. Lo propiamente andaluz y, por extensión, español queda reducido al cante y el baile dentro de las cuevas del Albaicín.

Bailaora de flamenco, 1916 (1924) de Sonia Delaunay. Litografía en color sobre papel, 555 × 380 mm. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Adquirido en 2021. Foto cortesía Museo Thyssen Málaga

​El mundo gitano enlaza directamente con el del flamenco y aquí la exposición se convierte en una suerte de Atlas Mnemósine caótico —evidente error curatorial—. Los temas se mezclan sin orden ni desorden: reaparecen retratos de mujeres gitanas que no aportan nuevo sentido a la exposición, solo reiteran; lo mismo ocurre con las estampas toreras, que regresan espesando la muestra… Son las creaciones contemporáneas las que algo suman o, al menos, nos hablan del asunto desde otro punto de vista: la Bailaora de flamenco de Sonia Delaunay, las míticas fotografías de Antoñita «La Singla» (Xavier Miserachs) o Camarón (Alberto García-Alix) y el cartel del Primer Concurso de Cante Jondo de Granada (Manuel Ángeles Ortiz). Del colofón de la exposición, en el que nuevamente reaparecen plazas, morlacos y trajes de luces, me quedo con Estudio para corrida n.º 1 de Francis Bacon. El pintor que mejor trasladó al lienzo el arrebato de la violencia no podía faltar a esta cita.

​Aciertos aislados como los que citamos no logran salvar el desequilibrio general y nos hablan de una oportunidad perdida: la de haber revisado esa falsa estampa romántica decimonónica aportando nuevos sentidos y estableciendo diálogos fructíferos entre la creación del presente y el pasado. Sin embargo, la muestra resulta tan descompensada en temas, número de obras (excesivo) e interlocución (escasa y muy dependiente de la avidez del visitante) que termina pesando en el estómago del espectador. Lo que podría haber sido una estimulante revisión crítica de nuestros mitos acaba convirtiéndose en una sucesión atiborrada de ruedos, capas y muletas.


¡Olé! El mito de lo español a través de Andalucía

Museo Thyssen Málaga

Hasta el 21 de febrero de 2027


 

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