Micromundos en un universo

El caballete, 2026. Instalación de Miguel Ángel Moreno Carretero en los Jardines bajos de la Fundación Rodríguez-Acosta. Foto: MAMC. Cortesía Fundación Rodríguez-Acosta

Juan Francisco Rueda.

Apenas a unos cientos de metros de la Alhambra, en la misma colina que domina la ciudad, se halla el carmen de la Fundación Rodríguez-Acosta, un prodigioso conjunto arquitectónico y de jardines que se asoma a Granada y que, por su blanca y depurada volumetría, lo hacen visible desde la distancia, conformándose en paisaje. Construido entre 1916 y 1930, es un capricho moderno, una singular síntesis de la Secesión vienesa, del expresionismo, de la evocación grecolatina y andalusí (templetes, columnas, vanos con ajimeces y esculturas clasicistas), así como de lo vernáculo, evidente, como carmen granadino, en su conformación en terrazas que incorporan el agua y la vegetación. La autoría descansa en los arquitectos y artistas que en ese lapso trabajaron en su construcción y ornato, pero es la figura y los intereses de José María Rodríguez-Acosta (1878-1941), un cultísimo pintor simbolista y modernista, los que laten y trasminan en el que fue su estudio, en este ecléctico y fascinante espacio para la creación. Durante décadas, numerosos artistas pasaron por este lugar como residentes, viviendo y trabajando temporalmente en él. Fue el caso de Miguel Ángel Moreno Carretero (El Carpio, Córdoba, 1980), quien residió en 2004 y que ahora, memoria y auto-ficción mediante, revisita aquella experiencia trascendental. En Navidad, como adelanto del proyecto, el artista recreó, a modo de maqueta, la escenografía del belén que Sorolla pintara en Esta noche es Nochebuena (1898), pieza que le atrapó cuando era becario y que cuelga en el Instituto Gómez-Moreno, con sede aquí. En esa entrega, Moreno Carretero deambuló entre la arquitectura, el paisaje, la escenografía y la pintura, algo que está presente tanto en Carmen, su propuesta, como en este mágico conjunto.

El palacio de las aves, 2026. Instalación de Miguel Ángel Moreno Carretero en la Terraza mirador de la Fundación Rodríguez-Acosta. Foto: MAMC. Cortesía Fundación Rodríguez-Acosta

Justo ahí descansa una de las grandes virtudes de las ocho intervenciones que el artista realiza en distintos lugares de los jardines: la pertinencia del diálogo con el espacio, con el espíritu de Rodríguez-Acosta y con la identidad que imprimió a este enclave. Moreno Carretero parece reconocer los principios de su trabajo en este particularísimo carmen y en el papel del pintor que soñó, hace un siglo, un espacio tan escenográfico como éste, que vacila entre el paisaje y la arquitectura, asuntos indisolubles en la poética del cordobés. Así, la lucidez de ese diálogo y las resonancias que afloran, fruto también del trabajo con los comisarios –arquitectos en ejercicio-, se apoyan en varios aspectos. A saber, el juego con los imprecisos límites que adquieren aquí las disciplinas, de modo que se alude la pintura –quizá metonímicamente- mediante objetos escultóricos y paisajísticos, como el enorme caballete, de cerca de 5 metros, que se sitúa frente al paisaje, las autorrepresentaciones de pintores –un minúsculo Moreno Carretero con paleta asoma a través del teatral cortinaje del tholos– o la recreación en un estanque de La isla de los muertos, de Arnold Böcklin; asimismo, su característico juego con las escalas (maquetas y elementos sobredimensionados), que ofrece valiosos virajes perceptivos y que, en este entorno, asume condición de mise en abyme o  juego de matrioshkas: los esbeltos cipreses, que pueblan el Carmen otorgándole un aire reconocible, rodean esa isla de Böcklin en la que también se encuentran estos ejemplares arbóreos, así como un palomar –del que hablaremos más adelante- adquiere la forma del edificio bajo el que se sitúa.

Templo monóptero / tholos, 2026. Detalle de la instalación de Miguel Ángel Moreno Carretero en los Jardines bajos de la Fundación Rodríguez-Acosta. Foto: MAMC. Cortesía Fundación Rodríguez-Acosta

En ese intento de diálogo con el lugar y sus pormenores, el emplazamiento de las intervenciones no es gratuito. Valga como ejemplo Figura, los cisnes blanco y negro que, desde la confrontación/complementariedad, describen un eterno y constante círculo en las aguas del estanque del patio de Venus. Justo ante el friso escultórico de claras resonancias clásicas y entre deidades grecolatinas, el cisne irrumpe desde la serenidad como metáfora de la transformación y evocación del pasaje mitológico de Leda y un Zeus metamorfoseado en ave. Podríamos decir que algunas actúan como indicios para recuperar el pasado, para traer a nuestro presente episodios pretéritos y bienes que ya no están, como el palomar con forma de pagoda que hace más de un siglo existió y que hoy, desaparecido aquél, vuelve con la forma del majestuoso edificio justo al lado de él, potenciando, a su vez, ese juego de escalas antes mencionado y un mayor alcance de la experiencia perceptiva; o la desaparecida copia del Gladiador Borghese, recuperado mediante un tondo especular que, sobre las paredes, proyecta su desvaída figura y la palabra «verdad» -cuán interesante en un espacio como éste, tan ficcional y en el que se encuentran lo original y la copia-.

El carro de Venus, 2026. Instalación de Miguel Ángel Moreno Carretero en el Patio de Venus de la Fundación Rodríguez-Acosta. Foto: MAMC. Cortesía Fundación Rodríguez-Acosta

En este diálogo que desarrolla Moreno Carretero con este fastuoso carmen, con los intereses que lo inspiraron y con el espíritu de su creador, José María Rodríguez-Acosta, cabe señalar cómo se desliza el mimetismo a modo de estrategia. De este modo, asume la propia condición sorpresiva del conjunto, cuya experimentación es continua y en función de nuestro movimiento por las terrazas y distintos ámbitos que los conforman. Al igual que vamos deambulando por el espacio de hallazgo en hallazgo, de sorpresa en sorpresa, vamos encontrando esas intervenciones de Moreno Carretero, absolutamente sorpresivas. No es novedoso en la producción del artista cordobés este carácter dinámico en sus intervenciones en lugares concretos –pienso en sus 10 balones embarcados que realizó en 2016 en Genalguacil Pueblo Museo-, sin embargo, aquí adquiere una condición especial al tratarse de un diálogo que parte del pie forzado del propio edificio y de la memoria del artista cordobés, de sus vivencias en este carmen hace más de dos décadas. Tanto el edificio como el conjunto de intervenciones asumen la naturaleza de palimpsesto, de anotaciones en el espacio y la arquitectura. Moreno Carretero, desde la honestidad y la admiración, incorpora sus micromundos en el universo de Rodríguez-Acosta y engarza su memoria y sus vivencias personales en la historia de este lugar y en las muchas capas que lo componen.


Versión extendida de la crítica publicada en el núm. 1907 de ABC Cultural


 

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