
Ángel L. Pérez Villén / Ars Operandi.
Exposición muy completa y compleja la que bajo la advocación de La última pintura reúne a 32 artistas andaluces en el CAAC. Los comisarios —Curro González y Alberto Figueroa— adquieren el compromiso de esbozar un panorama de la pintura más reciente y de inducir a la reflexión sobre la idoneidad o vigencia de la disciplina en la actualidad. Un propósito que me recuerda el que al filo del cambio de siglo desempeñó un servidor en otra muestra colectiva —Paisajes de la pintura, que se exhibió en el Palacio Episcopal de Málaga— en la que por cierto también participaron dos de los artistas aquí presentes: Curro González y Victoria Gil. Pero no es de esto de lo que he venido a hablar, sino de la enjundia que caracteriza esta muestra, que resulta ser un generoso mapeo del desempeño de la disciplina en sus múltiples y variadas facetas y que recoge el testimonio de algunos maestros de larga carrera —Francisco Peinado, Victoria Gil, Juan José Fuentes, José María Bermejo y Juan Suárez— que actúan como señuelo para los más jóvenes, nacidos entre 1977 y 1998.

En cuanto a la complejidad, conviene decir que el empeño de los comisarios de vertebrar el proyecto en torno a una docena de secciones entraña cierta dificultad, tanto para ellos, que deben encuadrar las propuestas de los artistas en dichos capítulos, como para el público que accede a la muestra y que tiene que sopesar la pertinencia o no de dichos planteamientos. Pese a la idoneidad o posible incongruencia de las pautas ofrecidas, esta invitación siempre es de agradecer, ya que suministra información sobre los artistas y su trabajo, por más que a la postre se compartan o no las argumentaciones que sustentan la articulación de la exposición, en la que sin duda también ha influido el propio espacio expositivo. Hecha esta salvedad la reseña de La última pintura se inicia siguiendo la pauta marcada por los comisarios. No obstante, es muy probable que llegado el momento o la ocasión se interrumpa la secuencia propuesta porque se entienda pertinente la inclusión de algún artista en dicha sección o por considerar poco consistente la tesis que arma el agrupamiento.

Así que comenzamos por el principio y de inmediato nos asombramos de estar en realidad Empezando por el final, capítulo que trata de la cuestión, ya casi secular de la muerte de la pintura y que reúne trabajos de Cachito Vallés —Lambda, 2026— que es un artilugio mecánico programado para pintar sin descanso. Y Marta Beltrán, de la que preferimos hablar más adelante. El artista superviviente es una oda al creador rebelde, comprometido vivamente con la pintura, al autor vehemente, crítico con lo que sucede a su alrededor, expresionista y disidente. Y es precisamente esta disensión la que me va a permitir prescindir de dos de los artistas aquí convocados para tratarlos por separado. Resulta encomiable la inclusión de obras de Francisco Peinado, tanto por su calidad intrínseca como por el acierto comisarial. En este sentido entendemos como soberbia La invasión de Ucrania, 2022, una pieza casi monumental de la que conocemos su currículo trufado de sucesivas transformaciones a lo largo de los años y que constata la excelencia y el riesgo que siempre acompaña su pintura, que se hace carne con el lozano ímpetu entusiasta de quien no teme errar y con la aquilatada experiencia de un maestro.

Un nuevo viejo mundo actúa como la puerta en la que resulta posible conectar el pasado con el devenir del futuro de la pintura. Se establece así una retroalimentación que es el motor de la obra de los autores incluidos en la sección. Aquí se pone en valor la perseverancia y el trabajo continuado de Fátima Calderón en torno al célebre Jardín de las delicias del Bosco, que ella termina por reelaborar desde su prisma particular. Es también el ámbito donde se hace fuerte la pintura de Fran Baena —uno de los cinco cordobeses presentes en la exposición— fundada en el ensamblaje de insertos de distinta índole, ya sean procedentes de las redes sociales o del flujo gráfico que propicia internet como de programas iconográficos y planteamientos temáticos de la Historia del Arte. Con todo ello elabora una obra colorista y disidente, atractiva y locuaz, poblada de seres mutantes, bestias y ángeles, ante la que resulta imposible pasar desapercibido. Muy interesante también la obra de Bernar S.F. de quien se muestran numerosos cuadernos de dibujos: un compendio a mitad de camino entre la ilustración, el diario cotidiano y el comic. Un registro que utiliza la pintura como testimonio de vida y que nos trae a la memoria el inefable trabajo de nuestro querido Tomás Egea Azcona.

La agridulce alegría de vivir reúne obra de dos cordobeses: Laura Vinós y Juan José Fuentes. En ambos es perceptible la querencia por el cromatismo propio del fauvismo, pero también la temperatura afectiva del pop, incluso la tintura discordante de lo surreal, amén de cierta joie de vivre teñida de ingenuismo, escepticismo e ironía. Vinós acomete una pintura enigmática con una fuerte valencia simbólica y abocada a un tratamiento del color oscilante, de la grisalla al pastel, pasando por la acidez de las superficies planas. Juan José Fuentes confirma su condición de impertérrito verso suelto de la pintura andaluza, regalándonos un universo vibrante de formas, colorido, situaciones, escenas y relatos de lectura placentera y sosegada. Por más que cueste, termina cobrando sentido el capítulo de Las metamorfosis de la pintura, centrado más en el proceso creativo que en la temática o el contenido de la obra. Este es el área de quienes trabajan en torno a series, procesos, estructuras y elementos que se combinan, repiten, transforman y permutan. Magníficas por su monumentalidad y por la capacidad de modularse sin fin, las obras —S/T, 2025-2026— de José María Bermejo que enlazan en solución de continuidad con su obra de finales de los setenta. En esta sección, también obras de Carlos Cañadas y Agus Díaz.

Excelentes los artistas y las obras reunidas en El mundo como escenario donde se dan cita Andrés Aparicio, Julia Santa Olalla y Gloria Martín. De lo mejor de esta exposición, en la que la disciplina es fundamentalmente representación, el mecanismo que genera la ilusión del espacio como umbral de percepción de la realidad. Las imágenes ancladas en la memoria, señuelo de lo inmanente y probablemente de lo autobiográfico son el detonante de las obras de Santa Olalla, que me evocan las de otra artista, Cristina Megía, cuyo centro de interés también es limen de lo real. Atractivo trampantojo, que es habitual en la pintura de Gloria Martín, aquí implementado con una maravillosa selección de piezas de pequeño formato en las que el dispositivo de la representación ya no es pura simulación sino enjundia de naturaleza muerta. Impactante la obra de Andrés Aparicio no solo por el montaje en sala, como por conferir a la disciplina de las cualidades propias de la clandestinidad a la hora de asumir su objetivo de traducir en imágenes el espacio público.

El vuelo de la razón es el territorio por antonomasia de la imaginación, de los sueños, la ascesis, la alucinación y la psicodelia. Y todo ello como envés de la pura realidad, como caja negra de la pintura, sustrato permeable de lo material y por ende acceso a ese otro mundo si no paralelo, al menos adyacente, en el que acontece y se enseñorea la experiencia de la otredad. Quisiera destacar la pintura hosca, sobrevenida y maravillosa de Abel García, así como la incombustible luz que cierne sobre la enigmática El Arca de Noé, 2002 y Amanitas, 1998, de Victoria Gil. Respecto a la obra de la cordobesa Pilar Consuegra es posible reconocer lo que podría pasar por ser una suerte de bestiario de lo familiar, un álbum de lo cotidiano innombrable, una acechante presencia que termina diluyéndose en una visión vigorosa del entorno orgánico en el que anidan los ensueños. Sin embargo, me ha sorprendido el registro en pequeño formato, que testimonia la posesión de un fértil universo poético y narrativo —conocíamos esta faceta suya por los trabajos presentados tras su residencia en el C3A— que quizás fuese susceptible de reconvertir a la edición facsímil para satisfacer una mayor proyección pública.

Testigos: la vida recuperada es la sección destinada a presentar la obra de Rosa María Aránega, que transita entre la fotografía, el dibujo y el collage y en el que se estrellan ecos de denuncia de situaciones pasadas y emerge la maleabilidad de la memoria secuestrada. Mirando al abismo no hace gala a la obra de los artistas convocados, si cabe a la estética del exceso de Irene Anguita, el histrionismo expresivo de Marta Beltrán, el extrañamiento metafísico de Pepe Domínguez y el desbordamiento y la poética del exceso de José Luis Valverde —originalmente en El artista superviviente— que me permito incluirlo en dicho capítulo. Una agrupación de débil consistencia que no obstante se nutre de una serie de autores al límite de su condición creativa y que implementan la potencia conceptual de la disciplina. Se destacan dos propuestas, la de la cordobesa Anguita brilla por el encono expresivo al tratar el cuerpo femenino, que se estiliza hasta deformarse, se funde en el cromatismo ajado de los fondos y se ocluye en la negrura de la luz calma que lo trama con el trazo. Por su parte la obra de Beltrán requiere de una aproximación que traiga a la superficie la relectura de esa veta trágica o negra de la España solanesca, a la que añadiríamos los relatos pulp de la iconografía fílmica, una pizca de teatro del absurdo y la concurrencia de lo más desinhibido del realismo sucio.

Una aproximación a la tangibilidad de la pintura, a su cualidad material y exclusivamente objetual, a la expresión de su apariencia, son las claves de esta sección: Cuestiones de superficie. Es muy probable que en dicha área sea donde se produce lo más granado del arte de la segunda mitad del siglo pasado, no en vano, como decía Paul Valery: lo más profundo es la piel. Y aquí destacamos la pertinencia de la inclusión de Manuel M. Romero; la exquisita, sutil y evanescente geometría esencial de Juan Suárez, que continúa irradiando, formal, espacial y cromáticamente, la práctica de la abstracción en la pintura andaluza. Y las etéreas y encomiables —por su diligente fiabilidad y fragilidad— impresiones de los azulejos de Repetición y diferencia, 2026, de Raquel Serrano. La pintura como traducción del mundo circundante, reservorio donde se maclan realidad y apariencia, verosimilitud y ficción es el punto de partida de En los límites de la representación, un apartado en el que no se entiende la inclusión de dos de los artistas, se admite como adecuado S/T Habitar la oscuridad, adentrarse en el laberinto, 2025, de Martínez Bellido y se celebra la danza de la escultura a la pintura —esperemos que se mantenga abierta la reincidencia— de Julia Llerena, aunque por ahora sus Deseos de forma, 2026, evoquen en exceso los ejercicios del mejor Supports/Surfaces de décadas precedentes.

La última película (The last picture show, 1971) es el primer éxito de Peter Bogdanovich como director, ya que hasta entonces era conocido como crítico cinematográfico. La cinta, en blanco y negro, retrata la América profunda de los años 50, en la que se dan cita jóvenes ansiosos de libertad, ávidos de deseo y sexo y preñados de ansiedad por conseguirlos, junto a adultos decadentes y violentos, abatidos por la desidia y la desesperación. La traigo aquí a colación no solo por la coincidencia con el título de la exposición, también porque en esta convergen jóvenes con una vehemencia creativa digna de su generación, dispuestos a errar cuantas veces haga falta y comprometidos con la pintura hasta sus últimas consecuencias, aunque estas le lleven a renunciar a los cánones aceptados para la disciplina. Y artistas maduros con una trayectoria jalonada de aciertos y desencantos, iluminaciones, licencias y extravíos, pero nunca renuncias; al contrario, persistencia incluso en lo meándrico antes de alcanzar la condición de clásicos. Así que sí, mantengo abierta la discrepancia en el planteamiento y la selección de autores en algunos capítulos de La última pintura, pero reconozco sus hallazgos, así como la decisión del CAAC de montar exposiciones que testeen la situación de la creación artística andaluza en el tiempo presente. Por cierto, no se pierdan la película, merece la pena, como la exposición.
La última pintura
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Sevilla
Comisarios: Curro González y Alberto Figueroa
Hasta el 28 de febrero de 2027








