Eppur si muove. Paisajes inmóviles de Francisco Salido

Amarcord (Pictor abstractum sum), 2024. Acrílico / Papel Arches. Obra de Paco Salido en la Sala Galatea. Foto: A.O.
Amarcord (Pictor abstractum sum), 2024. Acrílico / Papel Arches. Obra de Francisco Salido en la Sala Galatea. Foto: AO

Redacción / Ars Operandi

El artista montillano Francisco Salido (1956) presenta en estos días en la Sala Galatea de Córdoba una selección de trabajos que reúne bajo el título de Paisaje inmóvil. Salido inició su formación en el taller paterno de talla y dorado de la madera y continuó en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Sin abandonar la labor artística, comienza a trabajar en la Escuela de Arte Mateo Inurria de Córdoba, donde ha permanecido ejerciendo la docencia casi cuarenta años. Desde los primeros años 80 ha participando en numerosas muestras colectivas e individuales en prácticamente todas las galerías de arte de la ciudad, aunque de manera individual no mostraba su trabajo desde 2021 en la exposición realizada en el Centro UCOCultura de la Universidad de Córdoba, comisariada por José Álvarez. Paisaje inmóvil reúne más de medio centenar de obras, en su mayoría pinturas realizadas sobre algodón y papel, junto a una decena de dibujos en grafito; son obras fechadas en los últimos años, aunque se incluyen también algunas piezas pertenecientes a series de la década anterior. La referencia aquí al género del paisaje no es nueva en la pintura de Francisco Salido, si bien no debe entenderse como una clave de género sino como una licencia para entender la pintura como una práctica abierta a la reflexión. De hecho, su obra participa por igual tanto del paisaje como de la naturaleza muerta, si entendemos ambos linajes desde una perspectiva expandida, favorecida por una mirada o una lectura dilatada sobre la pintura.

Series habituales en su producción se han titulado indistintamente desde estos dos núcleos de interés, cabe recordar sus pinturas de la serie Stilleben que remitían a conjuntos de enseres (libros) y que no dejan de ser naturalezas muertas, bodegones, que atendiendo al término inglés —still life— apuntan a considerarlas como síntomas de una vida suspendida. Y esta pausa, este momento de cristalización del tiempo no es otro que el de la contemplación y donde emerge ese paisaje sin movimiento aparente: el lento discurrir del tiempo. Estos son los dominios de ese paisaje inmóvil al que se refiere Salido. Desde el comienzo de la exposición, su autor se confiesa culpable sin paliativos de lo que sucede en dicho territorio. Y lo hace mediante pruebas irrefutables de los materiales que utiliza —latas de pigmentos en Guilty—, de sus querencias, el cine y de su condición de pintor abstracto, ambas en el título de la obra que abre la muestra: Amarcord (pictor abstractus sum). El resto son nuevos testimonios de utillaje diverso o retazos del estudio, amén de evocaciones y recuerdos —de viajes, lugares, canciones, amigos desaparecidos…— así como obras que confirman el aliento poético y el compromiso con la belleza de su pintura. Como escribiera Andrés Ibáñez: «Benditos los que escuchan, los que miran, los que perdonan y los que aman. Benditos los que se asombran. Benditos los que creen en la belleza… Benditos sean los felices».

Francisco Salido. Día de noviembre, 2020. Óleo / Lino. 114 x 94 cm. Foto: AO

La pintura como agua es la analogía que el artista Antonio Luque, autor de uno de los textos que acompañan el catálogo, utiliza para plantear una reflexión en torno a la naturaleza cambiante, fluida y esencialmente inestable de la pintura de Francisco Salido. Nada es, todo cambia. De esta manera, el artista no pretende construir imágenes permanentes, sino deconstruir lo construido, borrándolo y agitándolo mediante el gesto pictórico. La pintura conserva así las huellas de «lo que fue, pero ya no es», convirtiendo cada obra en una representación de un presente fugaz. Luque aborda también la dimensión lírica de la obra de Salido y destaca que toda su producción está «traspasada de un trascendente misticismo», que se nos revela en «azufrados reflejos» y «perlados y brumosos grises, bañados en cárdenos atardeceres», que nos hacen recordar que «es la poesía, la alta poesía, la que al final nos salva, nos reconforta en esta nuestra deletérea existencia».

Francisco Salido. Stilleben, 2017. Óleo / Aluminio. 2 piezas de 100 x 15 cm. Foto: AO.

En su aproximación a la pintura de Francisco Salido, el crítico cinematográfico Manolo Bellido sitúa el cine y la literatura como las dos principales fuentes que nutren su imaginario. Cuando el artista se enfrenta al lienzo, señala Bellido, «condensa lo vivido» y recupera las ficciones que han ido poblando su memoria y conformando su experiencia. El cine, y especialmente películas como Le Mépris, de Jean-Luc Godard, o Viaggio in Italia, de Roberto Rossellini, ocupa un lugar central en esta mirada. El lienzo se convierte así en una suerte de pantalla donde las imágenes cinematográficas se transforman en pintura y donde el color adquiere un papel protagonista, un espacio idílico en el que afloran los colores vivos de Le bonheur de Varda, «el verde ágave, el púrpura arzobispal», tonalidades de un «cromatismo sosegado, tenue o poseído de inusual viveza nos traslada, en comunicación íntima, lo que no todo el mundo sabe captar: estados de ánimo». Los libros, el otro tema persistente en la obra de Salido, no son para el artista «simples objetos de adorno», sino invitaciones a descifrar historias latentes.«Hay libros con letras ocultas en sus páginas cerradas donde las historias pugnan por salir a la luz», concluye Bellido.

Francisco Salido, Verde atrapado, 2020 Óleo / Tablex. 50 x 54 cm. Foto: AO

Francisco Gómez Díaz, amigo y arquitecto, conoce a fondo la figura de Francisco Salido y por ello afirma en el principio de su texto que «no hay mejor radiografía de una persona que su obra». En este sentido, el autor destaca la capacidad de observación del artista, una cualidad que le permite «ir basculando hacia territorios diversos, metabolizando influencias como la del norteamericano Richard Diebenkorn, o la del pintor de origen ruso Nicolás De Stäel». Los recuerdos, los momentos y las capas de la memoria afloran para Gómez Díaz en cada plano de color, texturas «casi táctiles, que se superponen generando veladuras, vectorizadas por líneas de carboncillo apenas esbozadas». Para el arquitecto, el paso del tiempo, otra constante en la obra de Salido, se hace visible al observar «cómo la luz va cambiando a lo largo del día: de los azules y los verdes a los rojos y morados, como si quisieran transmitirnos la hora en la que fueron pintados».

Francisco Salido. Paisaje del alma, 2022. Óleo / Algodón. 89 x 70 cms. Foto: AO

Por su parte, el comisario de arte y crítico de Ars Operandi, Ángel Luis Pérez Villén, sostiene en Umbrales de memoria, belleza percutida que la obra de Salido se significa fundamentalmente por plantear cuestiones relacionadas con la percepción. «Una pintura en tierra de nadie», que el autor sitúa a las afueras de los géneros y «que percute en los sentidos para inducir a la activación de la memoria». Pérez Villén declara su afinidad estética con el artista, destaca la capacidad que tiene su pintura para demorar su aprehensión y define el conjunto de la obra de Salido como un «paisaje en sombras», «un rescoldo que se avivase con el viento», «una pintura culta y salaz, inmediata y profunda», donde no hay caducidad posible. El comisario de arte y crítico de Ars Operandi emparenta los dibujos del estudio de Salido con las fallas y errores que se producen en las imágenes digitales, los glitchs, y señala que esa disfunción en la construcción de la imagen que le impide mostrarse completa es otro síntoma más del apego de Salido a jugar con el tiempo y a suspender la temporalidad de la obra «retardando la lectura hasta pausarla o mantenerla en suspenso para enriquecerla con multitud de desvíos».


Paisaje inmóvil. Francisco Salido

Sala Galatea. Casa Góngora, Córdoba

Hasta el 18 de octubre


 

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