El roce de la historia

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: Patricia Cachinero

Óscar Fernández / Ars Operandi

Cuando Rafael de La-Hoz emprendió el estudio de la arquitectura cordobesa que derivó en su propuesta de La proporción cordobesa, se basó en las constantes locales que habían perdurado a través de siglos, estilos y credos. Soluciones, afirmaba el arquitecto, que han sobrevivido el roce de la historia. Esta expresión volvió a resonar en mi mente mientras deambulaba entre las piezas que Álvaro Albaladejo ha instalado en el Centro de Arte Rafael Botí. Allí presenta, de la mano del comisario Jesús Alcaide, una exposición individual donde reúne una muy significativa selección de obras realizadas desde 2013. Junto a ellas, introduce también una serie de trabajos nuevos elaborados a partir de su exploración del Palacio de la Merced de Córdoba.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: AO

Al recorrer las estancias de esta exposición se sitúa el espectador en una posición ambigua. Por una parte, abundan los elementos y detalles arquitectónicos que nos abordan con cierto aire de familia. Los materiales y las artes que les han dado forma también evocan una tradición en la que nos reconocemos. Sin embargo, el despliegue espacial, las texturas o la torsión a las que el artista somete dichas obras nos disuaden de considerarlas como meras reproducciones de nuestro paisaje cotidiano.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: Patricia Cachinero

Albaladejo nos propone una aproximación a la realidad que huye de lo evidente para situarse en el intersticio donde lo real y lo imaginario se encuentran. Un enfoque que nos acompaña, al menos, desde el barroco. Cuando, mucho después del siglo XVII, la historia del arte alumbró el concepto de naturalismo para describir a la pintura barroca, esta noción nunca se alineó con el mero acto de pintar del natural, por más que esta fuera una de las grandes aportaciones de aquel momento. El naturalismo reconoce el estudio de la realidad circundante como fundamental herramienta a través de la cual el barroco desbordó el idealismo precedente. Sin embargo, en el caso del barroco español, esta exploración de la realidad nunca constituyó un fin en sí misma, sino que fue empleada como vehículo narrativo y correa de transmisión de conceptos elevados o transcendentes.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: Patricia Cachinero

Desde entonces sabemos que el realismo es un lenguaje complejo y codificado, no una mera transcripción de la realidad. Por eso Gustave Courbet llamó a su pintura realista, por más que en ella el artificio y la alegoría se manifestaran profusamente. Su propósito era construir un efecto de realidad, en el sentido de organizar los elementos materiales y de composición de la pintura de manera que ésta pareciera disolver el espacio imaginario entre obra y espectador. De hecho, Michael Fried lo describe como el primer pintor-espectador de la historia del arte demostrando, de nuevo, que cuando la realidad se aparece ante nosotros lo hace como un lenguaje codificado y como un material que ha sido intervenido por el artista.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: AO

Como decimos, quizá Álvaro Albaladejo pudiera incluirse en esta tradición. Porque su trabajo se nutre de esa condición artificial del realismo, que no se da espontáneamente sino encadenado a una serie de reelaboraciones por parte del artista. En su caso, quizá lo más característico sea que el trabajo con la realidad no abarca al objeto unitario. Más bien, le interesan las manifestaciones sensibles, y por tanto inestables y no constantes, de los objetos. Sus accidentes, diría Graham Harman reactivando a Aristóteles.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: AO

Esta es la razón por la que en buena parte de sus piezas el paso del tiempo juega un papel fundamental. En algunos casos, se considera como parte intrínseca y expresiva de la pieza; algo que ocurre con los trabajos realizados con materiales o elementos orgánicos, en constante tránsito hacia otros estados de maduración, rigidez, textura, etcétera. En otros, se considera como tiempo histórico, y de lo que se trata es de investigar la relación que, desde la contemporaneidad, entablamos con esa historia. O más bien con las manifestaciones sensibles de dicha historia.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: AO

Y es aquí donde cobra fuerza la idea antes sugerida de La-Hoz según la cual la tradición se construye no tanto sobre la confrontación de narrativas, que también, sino sobre el roce de entes materiales en conflicto. Por eso una ciudad no es su mapa, como tampoco es una acumulación más o menos ordenada de edificios, losas de hormigón, alquitrán y algo de arboleda. La ciudad, nos recuerda Eric Vuillard, es fundamentalmente una masa de brazos y piernas, un cuerpo lleno de ojos, de bocas. Esto explica quizá la fascinación que sobre Albaladejo ejercen esos entornos físicos donde el roce de la historia se manifiesta. Es en estas superficies en contacto donde emerge lo sensible, también lo poético, y donde la historia se decanta.

Vista de la exposición de Álvaro Albadalejo en el Centro de Arte Rafael Botí. Foto: AO

La mirada astuta y susurrante del artista busca con ahínco estos intersticios, ya sea para fijarlos a través diversas tecnologías de vaciado, o para moldearlos, ensamblarlos… Lo más fascinante de estos procesos y, sin duda, donde se encuentra la sustancia del trabajo de Albaladejo, reside en el hecho de que sus ensamblajes e instalaciones pueden contener mundos. Y, además, que estos mundos se manifiestan mediante gestos delicados y audaces, alejados de la alharaca. No diría, parafraseando el Opus nigrum de la Yourcenar, que nazca aquí una quimera del fondo de la resquebrajadura. Pero sí que asoma en el trabajo de Albaladejo un luminoso y muy inspirador abordaje de la historia.


Siempre apresúrate despacio. Álvaro Albaladejo

Comisario: Jesús Alcaide

Centro de Arte Rafael Botí, Córdoba

Hasta el 27 de septiembre


 

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